En Córsica

Antes de dejar el Continente, como lo llaman en Francia, fuimos a Toulon en tren. Mi (Zigor) última noche no fue de esas que se recordarán por haber sido inolvidables y como podéis ver en la foto no estaba yo para hacer muchos kilómetros en bicicleta.

En Toulon pudimos apreciar una de las características que poseen los lugares de grandes puertos, mucha gente de distintas nacionalidades, en este caso del Norte de  África. Los puertos siempre están vivos. Tomamos el barco en Toulon y pasamos toda la noche navegando. Éramos los únicos turistas, nuestros acompañantes eran gente de Corsica.

Llegamos a la mañana, bien tempranito y, aunque las fuerzas estaban un poco justas, empezamos a ir hacia el norte dirección Cap de Corse. El camino va cerca de la costa y poco a poco vas sintiendo la fuerza de Corsica al encontrar grandes montañas y el mar en el mismo momento.

Hemos necesitado poco tiempo para sentir que estamos en un lugar diferente. Empezamos a escuchar a la gente hablar en Corso y te sientes como si no estuvieras en Francia. De hecho más de uno nos recuerda que ellos no son franceses, si no Corsos.

En pocos kilómetros pasas de estar en el mar a estar en la montaña.

Hemos encontrado poco tráfico en todas las carreteras pero los fitipaldis que aparecen les gusta pisar el acelerador bien pisado. Da igual viejo que joven, coche grande o pequeño. Parece que después del verano, donde se llenan las carreteras, necesitan desahogarse dándole grasa al acelerador.

En el oeste de Cap de Corse empezaron a aparecer los primeros acantilados que trajeron con ellos las primeras cuestas. Nos habían avisado que había grandes cuestas y bajadas sin descanso alguno y,  así es. Continuamente pasas de estar a nivel del mar a trescientos metros.

En estas tierras también nos estamos encontrando con excelentes personas. El segundo día pedimos un cachito de tierra para poder poner la tienda y nos ofrecieron  una terraza de un bar con vistas al mar.

Es duro hacer kilómetros aquí. A parte de las subidas y bajadas los caminos crean grandes curvas para librar el mar y eso hace que avanzar cueste. Pero el paisaje y la tranquilidad que respiramos merece ese esfuerzo.

Eso si, tanto recoveco de la costa nos ofrece sitios espectaculares para parar y desayunar.

En esta época no hay turismo en la isla y los hoteles y campings están cerrados. Pero un par de veces nos han dejado dormir en un camping cerrado por nada a cambio.

Llegando a L´Île Rousse, tienes la oportunidad de ver la montaña más alta de Corsica, el Monte Cinto de 2706 metros, y el mar en el mismo momento.

Para nosotros es un lujo tener las montañas cerca porque nos proporciona agua, vital para viajar. Al día necesitamos unos ocho litros para desayunar, cenar y beber. Desde que salimos de San Roque no hemos comprado ni una botella de agua, lo que nos ha traído momentos muy bonitos cuando hemos tenido que pedirla en los diferentes sitios por los que hemos pasado.

Cabos…y más cabos inaccesibles…sitios que solamente se puede llegar en barco…

…y las montañas, una vez más, abrazadas al mar.

Como hemos ido hacia el sur desde el oeste y el tiempo ha sido perfecto, hemos tenido la posibilidad de ver unos atardeceres increíbles.

El cabo de Scandola nos regaló su característico color rojizo.

También Piana sus acantilados.

Ciclamos unos pocos Kilómetros y nos cuesta creer que el mar este cerca.

El último día soleado tuvimos la oportunidad de bañarnos en el mar.

En estos momentos nos encontramos en casa de unos amigos que hicimos en un pueblo llamado Portu. A los cinco minutos de conocernos ya nos habían ofrecido su casa al lado de Ajaccio y, como estaba dentro del itinerario que teníamos pensado, aquí estamos viendo la lluvia y el mar, y disfrutando de la compañía de Antoine, Magali y Ariel.

Durante cualquier viaje  hay momentos en los que tienes que tomar decisiones, y en eso estamos, pensando qué hacer. Cuando la lluvia se calme vamos hacia el sur de Corsica para cruzar a Cerdeña, donde pedalearemos hasta Cagliari, en el sur, y allí volveremos a coger un barco a Nápoles.

Pero bueno, como bien dice María, los planes están para cambiarlos.

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